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“Treno Intercity 594 delle ore 19:35 in partenza da Firenze Rifredi per Milano. Ferma a Bologna, Modena, Reggio Emilia, Parma…”

En este tren -en el que subo a último momento, con el corazón a mil, agotada y acalorada por la humedad de un viernes de finales de junio en Florencia- la vida me regala tan mágico y especial encuentro.

En realidad todo empezó más de 40 (¡y pico!) años atrás con mi nacimiento, celebrado en el máximo respeto de la fisiología e intimidad mía y de mi madre. Velaba por nosotras una maravillosa matrona de quien no guardo recuerdos, sino las muchas imágenes narradas y transmitidas con estima y agradecimiento por mis padres. La ‘Signora Godi’ estuvo al lado de mi madre brindando paciencia, dulzura y sabiduría a lo largo (del breve!) trabajo de parto de su primogénita. Y me acogió con manos experimentadas y con una sonrisa de bienvenida, antes de apoyarme en cima del pecho de mi madre.

Pero volvamos al 27 de junio de 2012, a Florencia, en el tren hacia Parma.

Acompañada por mi familia, buscamos los puestos anteriormente reservados y, justo cuando me siento y me dispongo a cerrar los ojos…mi hijo empieza con su ráfaga de preguntas (¡que ilusa en pensar dormirme!), en italiano y castellano…a ver si es mamá o papá quien va a ocuparse de seguir conversando con él. Pocos minutos son suficientes para que llame la atención de su próxima “víctima”, una elegante y simpática señora sentada en frente mío.

Aún no estamos en Bologna y ya sabemos que ambas somos originarias de Parma y nos dirigimos a Parma, ciudad de la que me auto-exilié hace 24 años y donde vuelvo regularmente una o dos veces al año, sintiéndome extrañamente en casa y, a la vez, fuera de lugar. Exactamente igual que hace 24 años.

Como suele pasarme en trenes y aviones cuando no cierro los ojos a tiempo, la gente que encuentro empieza a “contarse”, enriqueciéndome con sus historias de vida. Parece como si “olieran” mi inapagable disposición a la escucha (deformación profesional), a pesar de mantenerme bastante reservada (¿deformación profesional?).

La señora Anna se interesa por mi viaje a Italia y pregunta que me trajo a Florencia: “¿Turismo?”. “No” contesto rompiendo mi pacto interior de discreción “Trabajo”. Mi interlocutora sigue impertérrita y pronto me veo en el apuro de especificar un poco más “soy colaboradora docente en una escuela de formación para matronas, en Florencia”, a lo que ella sube las cejas y sus ojos me miran fijamente por arriba de sus gafas de diseño “¿Ud. es matrona?”. 

A esta pregunta siento una ligera sensación de melancolía y a la vez un pequeño nudo a la altura del pecho. Me tomo unos segundos para pronunciar, con voz plana: “…no, no…de matronas estoy rodeada…yo soy psicóloga…”.

No se si la señora Anna registra mi respuesta. “¡Mi madre era matrona!” Su replica llega rápida y en tono vivaz, del cual transparenta cierto orgullo “y dedicó toda su vida a la matronería: del ’35 hasta el ’85…siempre contaba que obtuvo un salvaconducto por los alemanes durante la II Guerra Mundial! Había toque de queda…y eso era para llegar en bicicleta a las casas durante la noche, cuando la mayoría de las mujeres se ponía de parto! Recientemente le dieron muchos reconocimientos…le dedicaron una calle y todo!”. 

El corazón empieza a latirme fuerte, siento calor en mi rostro…algo de todo esto me suena familiar…Entonces soy yo quien no pierde la ocasión y entonces pregunto indiscreta quien sería su madre. ‘Mi madre se llamaba Maria Godi’.

¡Maria Godi! Tengo el corazón en la garganta “Pero…¡si es la matrona quien me vio nacer!”. Estas palabras se deslizan suaves en mi lengua, mientras siento que estoy perdiendo las riendas del formalismo. Me rindo a la emoción, que se traduce en lágrimas de conmoción.

 

Maria Godi
Fuente: pramzanblog.com

Siento una inmensa gratitud. En primer lugar hacia mi madre, por haber tenido confianza en si misma y en mi desde el primer momento, por haber sabido elegir la mejor acompañante para transitar este momento tan único y sagrado de su sexualidad, de pasaje y transformación de mujer a mujer-madre. Este ha sido sin duda el regalo más preciado que recibí de ella: un nacimiento fisiológico, sano, lleno de amor y respeto por mi pequeño ser. Y agradecida a Maria Godi –una matrona que vivía la maiéutica- por haber facilitado mi llegada al mundo demostrándose atenta, sabia, amorosa y respetuosa de nuestros tiempos y ritmos. No me bastará esta vida para dar las gracias a ambas por la sintonía y la relación de confianza que lograron construir a lo largo de toda mi gestación, mi nacimiento y los primeros meses de mi vida fuera del útero materno.

Entonces mis lágrimas son inevitables…lágrimas dulces y lágrimas amargas que bajan como un río cálido y lento por mi rostro, bajo la mirada presente de mi hijo y aquella más sorprendida, curiosa y emocionada de quienes el destino puso en el lugar de testigos de este momento, en un compartimiento de tren convertido de repente en escenario de vida íntima.

Soy yo entonces quien se cuenta, de forma desordenada, incompleta…como aún en quirófano, aturdida, confundida y dolida por las drogas y el corte de la cesárea en mi vientre. Mis pensamientos fueron, en aquel amargo instante, a la Signora Godi: ¿Dónde estaría en estos momentos? ¿Qué diría si me viera así? ¿Dónde estaba “mi” Signora Godi? No la veía en el desierto solitario de la habitación en la que me encontré al despertar tras la operación…

Lo que conservo cuidadosamente en mi esencia es su legado, del que nacen mi implicación, la perseverancia y la responsabilidad que siento como ciudadana y psicóloga al poner mi granito de arena para que pueda cambiar la forma de acompañar el nacimiento y los profesionales del parto vuelvan a reencontrarse con su parte más humana, a sentirse personas para poder acompañar con-sciencia, respeto y -sobretodo- con amor una nueva vida al nacer.

21:35 h: llegada  a Parma. Fin de este viaje.

PD: “Godi” en italiano es la forma gramatical imperativa del verbo “godere”, es decir “gozar”; con lo cual “godi” significa literalmente “goza”…¿¡maravillosa CAUSAlidad!?

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