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En este pasado mes de julio he vuelto a sentir el eco de los misiles y disparos en mis entrañas, a oír el eco de las sirenas en mi cerebro. Ecos insoportables, insostenibles, enloquecedores, que traen olor a sangre y a muerte.

Me he sentido dolida, triste, asustada, decepcionada, avergonzada, cansada, loca, desesperada. Me he sentido impotente en frente de la pantalla de un ordenador empleado como ventana hacia el mundo, observando el escenario del enésimo conflicto sinsentido entre israelíes y palestinos. Otro conflicto más, presagio de una próxima guerra. Otra guerra injusta, como cualquier otra guerra, usurpadora de vidas humanas inocentes, dejando muertes gratuitas y daños profundos, a menudo irreparables en cuerpos y almas de niños y adultos supervivientes, desamparados, asustados, cargados de desconfianza y odio hacia el otro.

En el intento de ordenarme a mi misma, de organizar mis pensamientos y sentimientos deseando traducirlos en palabras de la manera más coherente posible en estos momentos, me topé ayer con un artículo titulado “Consecuencias y secuelas psicológicas y psicosomáticas del terror, conflictos armados y guerras civiles”. Lo redactamos juntas, mi amiga y colega Sibylle Rothkegel y yo para presentarlo en el III Encuentro de Psicología de Baleares. Fue el año 2003 (!). El texto trata de ilustrar las graves consecuencias de los traumas de guerra y del terror institucional(izado) sobre la salud mental del ser humano, de clarificar las secuelas psico-relacionales de una vida transcurrida enteramente entre conflictos bélicos en el caso de la población más vulnerable, las niñas y los niños. Lo rescato y lo comparto ahora, asombrada de constatar que su contenido -hoy más que nunca- sigue siendo tristemente actual y aplicable a la realidad cotidiana, tanto de la gran parte de la población israelí como palestina.

No tolero la violencia de ningún tipo, ni color, ni matiz. No la soporto.

Mi vida se construye sobre los escombros de la II Guerra Mundial en Europa, encuentra sus cimentos en los pilares de una cultura milenaria, herencia de mis antepasados y a la cual puedo decir sin humildad ni orgullo estar francamente agradecida. Allí se encuentran el sentido de mi existencia y las raíces de mi sentido de responsabilidad individual, mi compromiso con un sentido de responsabilidad colectiva y la esperanza compartida de que nunca más se vean pisoteados los Derechos Humanos fundamentales. Junto a otras compañeras y compañeros de activismo, personas valientes y profesionales valiosas y coherentes aprendo a andar el camino de la reparación del trauma con el anhelo de prevenir más daños en el alma del ser humano. Aprendo que el trauma no tiene color, ni pasaporte, ni bandera, aunque si tiene edad y tiene género…

¿Ilusa, romántica, ingenua o idealista? Puede ser. En realidad, cuando logro volver a reunir los pedazos de mi tras las bofetadas de realidad que me proporciona la vida, contacto con la impertinente que me salva del ovejismo, así como de la ceguera y de la sordera intelectual y emocional.

Desde mi impertinencia me niego a ser enemiga de nadie.

Ante todo soy Mujer y soy Madre. Me duelen en el alma las muertes de las niñas y niños palestinos al igual que la muerte de cualquier otra niña y niño, hijos del Mundo y por ello también un poco hijas e hijos míos, en quienes deposito cada día mis esperanzas para un mundo mejor y una humanidad que consiga vivir en Paz.

Es todo para hoy. Mañana más, si logro dejarme llevar por este empuje que, para algunos, será impertinencia.

 

 

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