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Costa Fascinosa

Costa Fascinosa

Ha pasado un mes de aquel 18 de marzo, día en el cual más de veinte personas inocentes perdieron su vida en el atentado al Museo del Bardo, en Túnez. Otras cientos se salvaron, sin siquiera saber cómo, ni a quien dar las gracias por seguir en esta vida. Eso si, nada nunca más será como antes para ninguno de ellos: bebés, niñas y niños, adolescentes, padres y madres, abuelas y abuelos… Me siento enormemente privilegiada y agradecida por haber tenido la oportunidad de escucharles y acompañarles durante las horas que siguieron al atentado, en el primer tramo de su travesía hacia la elaboración del trauma vivido. Mientras, el mundo parece haber pasado página, olvidando “la noticia”, que quedó ahogada en poco más de 48 horas en “nuevas” tragedias, más pérdidas, especulaciones amarillistas de periódicos y noticieros dedicados a perseguir otras catástrofes, otros cadáveres, otros culpables.

Como psicóloga dedicada durante más de dos décadas al trauma psicológico soy consciente de lo decisivo que pueden ser las horas que siguen el impacto de la experiencia traumática sobre el proceso de elaboración psicoemocional del trauma. Un buen debriefing, así como la atenta y adecuada contención han demostrado ser elementos fundamentales para alcanzar un conveniente nivel de resiliencia, lograr dar un sentido a lo ocurrido, poder encontrar una nueva motivación y seguir viviendo desde la responsabilidad plena.

La incierta presencia de los primeros en acudir a mi y mi calmo permanecer en las olas tormentosas de sus sentimientos encontrados y difusos, aún bajo shock, me sugieren que la vida me quiere poner a prueba, una vez más. No puedo evitar preguntarme ¿Qué necesitaré aprender esta vez?

El jueves 19 de marzo 2015 al mediodía recibo la llamada de Patricia Aliu, directora de la Escuela Gestalt Mediterráneo, donde me formé como psicoterapeuta en Mallorca. Patricia fue mi profesora, mi terapeuta y supervisora durante más de una década. Me sorprende su llamada y más el motivo de la misma: averiguar mi disponibilidad para prestar servicio de atención en crisis a los pasajeros del crucero Costa Fascinosa, que llegaría al Puerto de Palma con pasajeros supervivientes del atentado terrorista del día anterior en Túnez. No dudo ni un minuto en confirmarle que cuente conmigo. Patricia me conoce “como un calcetín revuelto”. La siento cerca, muy cerca. Sé que estará conmigo desde la confianza y el apoyo que siempre me ha demostrado, hasta en los momentos más difíciles de mi recorrido personal y profesional. Ninguna de las dos lo dice, aunque ambas sepamos perfectamente que se presenta para mí una clarísima prueba de fuego. Yo se que ella sabe perfectamente que aceptaré el reto. Y allá voy.

Pocas horas después me embarco por primera vez en mi vida en un crucero de más de 3000 pasajeros y 1000 tripulantes. Es un pueblo flotante. Tras pasar todas las barreras de seguridad, me recibe el Care Team italiano de la compañía, compuesto por maravillosas personas, empleados de Costa Crociere, formados como voluntarios para hacer frente a cualquier primera necesidad en caso de catástrofe a bordo. Quedo impresionada por su organización, eficiencia, profesionalidad, calidez y muy especialmente por el cuidado de cada persona y detalle. Y entonces descubro que son más de 100 los pasajeros italianos que necesitarán ser atendidos en las próximas horas, asomándose lentamente los primeros y molestos síntomas del TEPT (Trastorno por Estrés Postraumático), transcurridas las primeras horas de shock y de “congelamiento emocional”.

Por un momento me siento mareada. Sé que no es el mar, sino la sensación de que es demasiado, de que no voy a poder, de que me voy a ahogar en una cascada incesante de lágrimas de dolor, miedo, desconcierto, pena y rabia. ¿Por qué se quedaron a bordo? ¿Por qué no pidieron ser repatriados? ¿Por qué nadie me dijo el día anterior que serían tantos? ¿Cómo encarar la intervención para llegar a todos de la forma más adecuada posible? Mi cabeza no para de dar vueltas.

“Adelante” es a lo que me incita mi voz interior. Y adelante voy. Me quedo a bordo viendo decenas y decenas de pasajeros, hasta que los colegas italianos de la Escuela de Gestalt de Genova me remplazan hasta el puerto de destino.

Fuera el ego, fuera el perfeccionismo, fuera la autoexigencia, fuera la rigidez, fuera las teorías. Recuperando los rituales y la experiencia.

Es conveniente que la intervención en trauma con grandes números de afectados sea lo más estructurada posible permitiendo, a la vez, cierta flexibilidad. El gran numero de personas a atender y el tiempo reducido me llevan a optar por una intervención en varios grupos de 10 a 15 personas para así individuar más fácilmente quienes necesitarán posteriores reuniones individuales, de pareja o en familia. En este caso, gracias al gran trabajo realizado por el care team, todos los pasajeros implicados directamente en la tragedia recibieron previamente una carta anunciando la presencia de un servicio psicológico a bordo e invitando a presentarse según sintieran la necesidad. Trabajar desde un enfoque grupal gestáltico y salutogénico en la atención al trauma implica el establecimiento de un entorno seguro, de una relación horizontal de máximo cuidado, una actitud de entrega y escucha activa y compasiva, así como una indagación atenta y cuidadosa de lo que a cada persona ocurre en el aquí y ahora como cierre de cada paso de la intervención. Decido cerrar cada círculo con un sencillo ritual. Cada persona recibe una pequeña concha de mar. La concha simboliza el paso por Mallorca (la estación sucesiva a Túnez en el recorrido del viaje), dejando así la tragedia y el miedo a la muerte atrás en el espacio y en el tiempo. La concha es la prueba de haber sobrevivido al terror; es un recuerdo tangible de la contención recibida en el crucero, del abrazo grupal y de la presencia de compañeros de destino. La concha sirve también como ancla a la hora de despertar de una pesadilla, de revivir escenas y sensaciones desagradables a través de un posible flashback…Si tengo la concha en mi mano y la miro, inmediatamente se que estoy viva, que he sobrevivido, me voy al momento en el cual la recibí, sé que estoy en el aquí y ahora de mi espacio seguro.

A lo largo de toda la intervención siento la fuerza de la unión entre personas desconocidas en comunión cercana. Empiezan a tejer una red en torno a un acontecimiento que les aunará para siempre. Regalo sonrisas y bromas a los más pequeños, mientras el ojo clínico desea confirmar la ausencia del mínimo impacto sobre sus almas tiernas y yo me desmorono por dentro. Parece que mis brazos se alargan sin fin para poder contener mamás y papás que hasta el momento no habían podido permitirse llorar. Trato de comprender su deseo de mantener vivo el sueño vacacional para sus hijos. Me emociono con las parejas que se agarran al sueño de su luna de miel o con quienes ven esfumarse el entusiasmo del primer gran viaje de su vida, la celebración de sus 50 años de boda, etc. Dedico un tiempo especial e íntimo a los adolescentes…con ellos me abro y decido poner mi experiencia de vida al servicio de su proceso de recuperación. No lo había hecho nunca de manera tan explícita y noto como me tiemblan las entrañas (pienso un segundo en Patricia Aliu y respiro hondo), mientras siento el peso de sus miradas en mi rostro. “Si yo lo logré y estoy aquí para contarlo, es posible también para vosotros!”. Nos reímos. Se despiden con esperanza y más optimismo, comprometidos a seguir buscando ayuda terapéutica una vez en tierra. ¡Tienen aún tanta vida por vivir!

Decenas de historias de vida que se entrelazan en tan pocas horas, atrapando cada minuto de mi Estar y cada milímetro de mi Ser.

Destinos sorprendentes, viejas heridas del alma que vuelven a sangrar con este nuevo atropello, profundas lecciones de vida aprendidas en pocos minutos, como es típico de los insights que llegan cuando la muerte nos estira por un brazo y la vida insiste por traernos de vuelta, estirándonos por el otro…

Sobre todo me enternece profundamente la necesidad de quedar “todos juntos” en el barco, en lugar de exponerse en tierra a los “tiburones con patas”, cámaras y micrófonos hambrientos, conocidos por pisotear sin escrúpulos la sensible e invisible herida que se comienza a apreciar en el alma.

Hoy vuelvo con mis pensamientos y con el corazón a aquel 18 de marzo, al indeleble recuerdo de las miradas de quienes sobrevivieron. Mi vela encendida honra a quienes ya no están, recuerda a quienes siguen en vida y enciende mi deseo de dedicar unas palabras a la experiencia, agradeciendo sinceramente la profesionalidad y la humanidad de todo el personal y de los directivos de Costa Crociere, quienes se preocuparon de cuidarme para que yo pudiera cuidar de “los suyos”.

Surcando las olas del Mediterráneo me doy cuenta que –a 22 años del atentado el 17 de enero de 1993- mi cicatriz está sana y fuerte. Descubro entonces que ya cierro una Gestalt para abrir otra.

Con Rachele - Care Team Costa Crociere

Con Rachele – Care Team Costa Crociere

Y doy gracias. Por todo.

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