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La primera vez que oí hablar públicamente y sin tapujos de los Reformatorios para jóvenes mujeres españolas durante el franquismo fue por la voz de la Dra. Enriqueta Barranco, ginecóloga, feminista y mujer de mucho valor no solamente por sus logros profesionales, sino por su compromiso genuino con la salud de la mujer. La Dra. Barranco es una de aquellas increíbles mujeres de las que tengo el privilegio de seguir aprendiendo en el marco de CAPS, la Red de Mujeres Profesionales de la Salud. El pasado octubre el Patronato de la Fundación Española de Contracepción otorgó a la Dra. Barranco un reconocimiento oficial por su actividad profesional dedicada al Estudio, Investigación y Educación de la Salud Sexual y reproductiva de la Mujer. El discurso de Enriqueta al recibir el Premio me conmocionó profundamente (vídeo: Reconocimiento al Personaje destacado en Salud Sexual y Reproductiva 2014 Dra. Enriqueta Barranco Castillo, a partir del minuto 12). Sin pelos en la lengua denuncia públicamente las torturas a las cuales fueron sometidas decena de miles de jóvenes mujeres recluidas en instituciones del Estado Español y de la Iglesia Católica hace tan solo unas décadas, bajo la tutela del Patronato de Protección de la Mujer. Mujeres convertidas en esclavas por el mero hecho de pensar o -lo que era peor- haberse quedado embarazadas, y así sistemáticamente torturadas por la mano de “cuidadoras”, religiosas, médicos ginecólogos, psiquiatras…

desterradas hijas de eva
Pocas semanas después llegó a mis manos una entrevista a Consuelo García del Cid Guerra, superviviente, investigadora, escritora y autora del libro-documento “Las desterradas hijas de Eva”, cuyo testimonio parecía darle un sentido más profundo a muchas de las historia de violencia institucional(izada) en el ámbito de la obstetricia moderna en España. Busqué su libro en las librerías de Palma, en vano. Me apunté el título y lo subrayé con marcador en mi agenda para seguir buscando en alguno de mis próximos viajes a ciudades más grandes, Barcelona, Madrid. No tuve éxito.

Aquí está por fin entre mis manos, leído en una noche, recorriendo con los dedos y mis ojos cansados y húmedos páginas y páginas de testimonio de atrocidades, documentos que entrelazan destinos personales con una represión siniestra a la mujer durante los cuarenta años de dictadura española y a lo largo de la Transición democrática, hasta finales de los años ’80! Jóvenes mujeres secuestradas a sus familias (o deliberadamente entregadas por sus padres) por parte del Patronato de Protección de la Mujer por ser consideradas “caídas” o “en riesgo de caer”, retenidas en contra de su voluntad hasta una mayoría de edad extendida arbitrariamente hasta los 25 años, forzadas a trabajos ilegales no retribuidos, maltratadas física y psicologicamente, despojadas de enseres personales y hasta de los hijos que parían, ocultadas detrás de muros impenetrables, bajo la supervisión de órdenes religiosas, en estrecha colaboración con párrocos, monjas, psiquiatras, ginecólogos y matronas… Adolescentes forzadas a revisiones ginecológicas para averiguar si eran “completas” o “incompletas”, para establecer entonces sus destinos hacia uno u otro “hogar de protección” según su perfil, para determinar las adecuadas y merecidas “medidas educativas”, para justificar su exilio temporal o la desaparición de sus hijos.

Lo peor que te podía pasar -nos cuenta Consuelo García del Cid- era estar embarazada

Las consecuencias del pecado del embarazo: retención, aislamiento, trabajo forzados, “revisiones obstétricas” sin piedad, partos abandonados o violentados, hijos “muertos” o sencillamente desaparecidos. La violencia obstétrica marcaba la forma de venir al mundo de cada criatura, a través del mal-trato verbal y físico sufrido por las jóvenes madres obligadas a parir humilladas y encerradas bajo la tutela del Patronato de Protección de la Mujer y el Ministerio de Justicia. Las “rebeldes” terminaban en la psiquiatría, en “habitaciones individuales”, a algunas se le daba elecroshock o terminaban como carne de cañón para experimentos con fármacos… Otras se suicidaban, tirándose por el vacío de la escalera, lo que siempre se justificaba como “accidente”. Una trama rigurosamente articulada y organizada al amparo de la ley, de la iglesia y del Patronato, sigilada en los silencios de las víctimas. Silencios cargados de miedo, vergüenza y culpa durante demasiado tiempo.

Consuelo García del Cid pone palabras y voz a lo ocurrido detrás de los muros de los Reformatorios, las Maternidades, los Preventorios (instituciones en las que se recluían niñas desamparadas, de familias humildes o sencillamente niñas cuyo único pecado era “no obedecer” o “no rezar”), recogiendo testimonio de aquellas niñas y jóvenes mujeres, que hoy en día tienen entre 40 y 60 años. La investigación de Consuelo García del Cid devuelve, al menos en parte, dignidad a las supervivientes, cuyos derechos siguen aún pisoteado e ignorados en la imposibilidad de denuncia y en la ausencia de arrepentimiento y de unas debidas disculpas formales, tanto por parte del Estado como de la Iglesia. Los verdugos también siguen vivos, algunos incluso galardonados con premios y reconocimientos oficiales por su labor humanitaria, otros con responsabilidades y cargos políticos importantes y reconocidos: ninguno de ellos recuerda nada.

Silencio.

El mismo silencio de siempre, impuesto y recomendado hasta a la autora del libro, quien fue desalentada en varias ocasiones a lo largo de su investigación, a quien fue recomendado dejar de seguir esta pista, incluso por parte de algunas Asociaciones por la Recuperación de la Memoria Histórica.

¿A quien interesaría conocer lo que pasaba con “las niñas malas” del franquismo? ¿Para que hacer luz en la sombra que se extendió hasta una década después de la muerte del dictador?

Más allá de las responsabilidades individuales existe una responsabilidad colectiva: la de no callar, para no olvidar. Nunca.

Trabajando al lado y para las mujeres en esta tierra desde hace más de quince años, me pregunto naturalmente cuanto de los valores y de la mentalidad ligados al castigo de la mujer libremente pensante tiñe hasta hoy en día la atención a nuestra salud sexual y reproductiva. Me pregunto cuanto de lo transmitido “entre líneas” y asimilado hasta la médula durante los años de formación profesional bajo Franco (y más allá) por las y los profesionales de la salud femenina se traduce en las bien conocidas actitudes violentas e irrespetuosas aún presentes en los paritorios de algunos hospitales y clínicas en todo el Estado Español, así como las víctimas de aquellos años relatan detalladamente en los testimonios recogidos por Consuelo García del Cid. Ni más, ni menos.

Me consta y doy fe del mal-trato obstétrico institucional(izado) hasta la actualidad, de niños “cedidos” (o directamente robados!) hasta mitad de los años ’80 o de madres adolescentes cuyos recién nacidos han sido secuestrados por la institución sanitaria del Estado para “adopciones” inmediatas, hasta principio de los años ’90. Si, también en Mallorca.

Espero y deseo que “Las desterradas hijas de Eva” llegue a los oídos, ojos y corazones de muchas mujeres que aún callan, atrapadas por demasiado dolor, paralizadas por el miedo, debilitadas por la vergüenza y la culpa. Espero y deseo que muchos más libros, documentos y testimonios puedan encontrar alas y espacio, reconocimiento y agradecimiento por parte de nuestra generación y las siguientes. Así como espero que en algún momento se haga justicia, una justicia que no siempre es de los Tribunales, que puede ser la de la Consciencia, fruto del más sincero arrepentimiento, de las disculpas formales y proporcionar así cierta reparación, devolver dignidad y paz a las almas de las personas heridas.

Consuelo García del Cid Guerra y Roser Gallardo Ferrer

Consuelo García del Cid Guerra y Roser Gallardo Ferrer. Foto: G. Bianco.

Ha sido un inmenso regalo y un gran honor asistir ayer por la noche a la presentación del libro “Las desterradas hijas de Eva” aquí en Palma, con la presencia de su autora, Consuelo García del Cid Guerra. Su mirada, su tono de voz y su mensaje quedan grabados en mi alma.

Gracias a mujeres maravillosas y valiosas como Montse Rodriguez y Verónica Riutort por hacerlo posible, por organizar esta noche inolvidable, en colaboración con Ateneu Llibertari Estel Negre en Palma.

Gracias por estar, quienes ayer tenían que estar. Gracias por no callar.

(…) Para la mayoría de las mujeres, estas historias secretas son sus historias personales, incrustadas, no como piedras preciosas en una corona sino más bien como negra grava bajo la piel del alma. (…) No sé qué pensarán nuestras nietas y nuestras bisnietas de esta manera de reseñar nuestras vidas. Espero que reciban las debidas explicaciones. (Clarissa Pinkola Estés en “El clan de las cicatrices”, de la obra “Mujeres que corren con los lobos”).

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