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En un día como hoy, hace 26 años, despertaba en la típica mañana oscura, perezosa y fría de una Berlín vestida de noviembre. Como cada mañana, casi sonámbula, me dirigí directamente a la ducha, soñando con mi sagrado café con leche, ambas cosas conditio sine qua non para empezar el día y sin los cuales sigo -hasta hoy- sin ser persona a primera hora de la mañana.

Desayuné sola, en silencio, en la enorme cocina, mirando en la nada por el (también enorme) ventanal hacia el noble Hiterhof (patio interior). Tomé mi café con leche sin escuchar la radio, sin cruzarme con nadie en el largo pasillo de aquella Altberliner Wohnung, un piso de unos 250 mq en la Derfflinger Strasse. Compartía con Martin (ex-ciudadano de la República Democrática Alemana, huido a principio de los años ’80), Mira (escritora y periodista del “mítico” TAZ), Marie-Hélène (profesora de filosofía en el Colegio Francés) y Ross (estudiante canadiense, acompañado a menudo por su siempre-sonriente novio, soldado de las Fuerzas Aliadas estadounidenses quien, en nuestro pintoresco hogar, no pegaba ni con chicle).

Parecía (aún) una mañana cualquiera. Salí de casa para dirigirme al trabajo, recogí los periódicos del día, tirados como cada mañana en el felpudo delante de la entrada y los dejé encima de la mesita del teléfono. Cerré la puerta tras mío, sin más.

Cuando salí a la calle tuve una sensación extraña…la gente ERA extraña…¿O era yo? No entendía lo que me pasaba. A cada paso más que daba tenía la sensación de estar en otra ciudad, en una ciudad desconocida, o de estar soñando…o de que alguien me hubiera catapultado en una película de otros tiempos!?! Caminaba por la Kurfüstenstrasse con la intención de doblar, como de costumbre, en la Ansbacher Strasse para llegar a Wittenberg Platz y entrar al Tauentzien. A medida que avanzaba, casi como un robot, entendía menos. ¿Que pasaba con toda esta GENTE EXTRAÑA? Hasta los coches eran…EXTRAÑOS!!! Juro que -aún conociendo perfectamente los Trabbis del Este, el ruido de su motor de dos tiempos y el olor pestilente de su combustible- no lograba entender qué hacían aquellos coches circulando por Berlín Oeste. Porque…no podía ser posible!

¡Era más fácil pensar que estaba teniendo alucinaciones!

Hasta que no llegué al trabajo, y vi que delante de la boutique de zapatos donde me ganaba el pan como joven estudiante habían preparado una mesa con vasos y con Sekt (el cava alemán). ¿Que había que celebrar? No entendía NADA. Fue allí cuando salió Thomas -un colega huido del Este años atrás- y repetía, gritando sin parar: “DIE MAUER IST GEFALLEN!!!” (¡Ha caído el Muro!)

Fue entonces cuando yo desperté definitivamente, aquel 10 de noviembre, a las 10 h de la mañana, en un mundo nuevo, donde la ficción se había hecho realidad en…3 segundos!

Hoy puede parecer extraño que yo (y otros miles de ciudadanos de Berlín Oeste) no nos habíamos dado cuenta hasta la mañana siguiente.

También puede parecer extraño que nos sorprendiéramos tanto, tras los últimos acontecimientos y “turbulencias” en las fronteras de la RDA y Checoslovaquia, o lo que ocurría en Hungría y en los países de Europa del Este.

Puede parecer hoy incomprensible, pero entonces, a pesar de vivir un extraordinario momento histórico, nos parecía mentira!

Berliner Mauer

Berliner Mauer

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