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Abro los ojos despacio.
Y siento: siento mis lágrimas calientes bajar por mi rostro, siento mi cuerpo adormecido, siento el frío que aún me invade y me invalida, siento un dolor en el pecho y siento un corte que escuece en mi vientre y paraliza mi cuerpo.
Y veo: veo la cara borrosa de mi marido que me mira con los ojos cansados, tristes y con preocupación, veo un rayo de sol entrar por la ventana, una habitación blanca… Solamente cuando giro lentamente mi mirada veo, por fin, a mi hijo. Duerme…aún…drogado…como yo, su madre.

Con el hilo de voz rota que me queda, pido que me lo pongan encima de mi pecho. Finalmente puedo tocarle, olerle, besarle, mientras mi mirada se ciega por las lágrimas que no paran de llover.

Nos han robado nuestro encuentro, no han permitido que le diera mi bienvenida a este mundo y a mis brazos como se merecía, han violado nuestra intimidad y su derecho a un buen nacer…
“¡Mujer! Pero ¿Qué haces?” Me asusta y me interrumpe la voz aguda e inquisitoria de la enfermera que irrumpe a la habitación y me ve sostener a mi bebé con la carita pegada a mi pezón. Contesto débilmente que estoy intentando ponerle al pecho.
Soy consciente que lo estoy haciendo como puedo, como mi cuerpo entorpecido por la sobredosis de medicación me lo permite. Me siento regañada por no sostenerlo “como se debe” y ridiculizada por intentarlo: “No ves que no tienes subida de leche aún? Esto va a demorar, qué con la cesárea y con el pecho que tienes…a ver si vas a tener leche?!”.
Se me congelan las lágrimas en los ojos.
A partir de este momento entiendo claramente que el maltrato no ha terminado en quirófano.
Algo muy profundo se despierta en mi…en este momento mi bebé abre débilmente los ojos y nos miramos: ¡soy mamífera y puedo amamantar! Ahora lo se, estoy com-ple-ta-men-te convencida de ello y estoy dispuesta a encontrar la fuerza para proteger a mi hijo de cualquier amenaza y a luchar a por todas para que no nos roben (también) la lactancia!
Pasamos cuatro días rechazando biberones de leche de fórmula, escuchando cualquier tipo de comentario, insulto y juicio hacia mis pechos y pezones supuestamente inútiles, mi cabezonería, mi irresponsabilidad, mi imprudencia por creer en mi capacidad de amamantar, por confiar en la fisiología de mi cuerpo de mujer y madre, por tener paciencia con mis pechos y por verlos perfectos…por querer darle lo mejor de mi a mi hijo: una madre presente, el alimento amoroso y reparador de aquel daño que nos hicieron.

“Yo puedo” me repito sottovoce, “tu puedes” le repito…
”No he oído nunca de un bebé que se muere en los brazos de su madre esperando que suba la leche!” llego a gritarle al cuarto día a quien aún insiste con sueros glucosados y biberones.

Solo estoy a gusto con mi bebé en brazos…sentir su respiro y mirarle a los ojos se ha convertido en mi analgésico…He (re)nacido Madre.

Cuando –cinco días después del nacimiento de mi hijo- noto por primera vez una potente subida de calor y un simpático hormigueo en ambos pechos, lloro de felicidad: mi bebé se engancha a mi pecho, ávido de dulce y tibia leche, aunque a la vez débil, irritado y seguramente incómodo.

Durante su primer mes de vida un seroma de mi herida no me facilita la movilidad ni experimentar buenas posturas para amamantarle con comodidad. Son varias las personas que me recomiendan no atormentarme más y dejar de insistir, dejar de “torturarme” con mi “obsesión” por darle teta cuando las leches de fórmula son tan prácticas y alimentan lo mismo o tal vez hasta mejor.
Para quien –como yo- fue amamantado tan solo durante tres meses “porque luego se acabó la leche” es todo un reto mantenerse firme, seguir creyendo en si misma y confiar en el instinto del bebé: dolida y dolorida, pero con necesidad de sentir la mamífera en mis entrañas después de haberme sentido violada en mi pasaje de mujer a mujer-madre, saco fuerzas del Amor que siento hacia mi hijo, del deseo de darle lo que necesita.

Foto: Laura Jaume.
Por la cortesía de Megumi Reich.

Doy gracias a la oxitocina endógena y a su Magia, a la mamífera que se despertó en mi y…a Joana María, asesora de lactancia materna de la Asociación ABAM, quien me acompaña pacientemente y me sostiene en frecuentes conversaciones telefónicas, de las que me alimento de confianza y ánimos. Cuando finalmente mi herida está casi cicatrizada, limpia y me permite desplazarme a pie…doy el primer paseo junto a mi bebé hacia la sede de ABAM para poner cara a aquella voz de ángel y dar las gracias. Sin su apoyo hoy no se como hubiera podido seguir dando el pecho a pesar del dolor, de mis pezones heridos y sangrantes, del agotamiento, y en soledad…

Nuestra lactancia feliz duró siete meses de forma exclusiva, defendiéndola a capa y espada (hasta frente a un médico otorrino, escandalizado por el “daño” que estaría haciendo a mis pechos!?!) durante dieciocho meses en total cuando, un día, mirándonos a los ojos sentimos que disfrutamos muchísimo, que el goce mutuo ha sido nutritivo y reparador para ambos, que nuestro lazo de Amor es indestructible y para siempre…que YO-EL y la teta hemos sido muy buenos aliados en nuestro camino hacia la con-fianza.

Gabriella Bianco

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